Presentación

Todos los seres humanos estamos llamados en nuestro interior a actuar éticamente, según unos valores que sentimos como propios. Los valores personales suelen ser reflejo de los valores sociales. Y tanto unos como otros van cambiando, elaborándose, los vamos construyendo y reconstruyendo con el paso del tiempo.

Así pasa con ese “valor” casi unánimemente reconocido en todo el mundo como son los Derechos Humanos. Pero también estos son fruto de la evolución de las personas y los grupos sociales. La misma dignidad de la persona sobre la que se edifica el edificio de los Derechos Humanos, dignidad que hoy entendemos como un valor básico de todas las personas, entró a formar parte de ese patrimonio más o menos universal de los valores a partir de un momento concreto de la evolución de la Humanidad. Antes no era reconocido como tal. Y podríamos seguir así haciendo un listado de muchos valores hoy reconocidos como tales.

Y también pasa con el valor de la igualdad. Hoy, (casi) todo el mundo civilizado reconoce la igualdad de mujeres y hombres como un valor sobre el que promover la convivencia social. Porque se acepta que la igualdad es cuestión de justicia. Este valor de la igualdad no hubiera llegado a convertirse en una exigencia de justicia sin el impulso teórico y de agitación ciudadana llevados a cabo desde el movimiento feminista en su interés por defender el análisis del género como instrumento para desnudar las contradicciones, actitudes y dominaciones de unas personas sobre otras en las sociedades patriarcales como la nuestra hoy en día.